lunes, enero 31, 2011

habla Romeo...

¿Qué descarnado poema podría acoger el desamor que ahora me embarga, amigo mío? ¿Quién osaría encajar una palabra tras otra para hacer perdurable a los ojos de la historia la ruptura de Romeo y Julieta? ¿Qué diabólico motivo puedo darme para explicar su falta de amor? Ella, que hubiera entregado su vida, no ya a cambio de la mía, si no ante la simple perspectiva de que yo no estuviera en ella. Mi reina, mi deseo, mi destino, mi vida, no me ama… cuando ayer aún sonreía complaciente y lisonjera ante mis caricias impúdicas, frente a mis afirmaciones obscenas, retozando junto a mí en el lecho del futuro que no era más que nuestro . Julieta, dónde está aquella Julieta. La Julieta que tú no conoces porque fue sólo mía, la que yo encontré entre frufrús de sedas y puntillas, y música veronesa, y profundos ojos que todo lo abarcaban pero sólo a mí veían. El día que la conocí así fue. No hubo amor en cuanto la miré, sino brutal certeza de una posibilidad. La de hacerla mía, hacer mío su tiempo y su vientre. Hacer mío cada uno de sus sueños; su belleza, su sonrisa, hacer mía su vida. El feroz deseo de hacerla mía, y la observé tan intensamente y le hablé con tal silencio que ella escuchó. Antes de rozar su mano escuchó, antes de bailar aquella melodía escuchó, y antes de que yo mediara palabra ella preguntó mi nombre. Con qué ternura cargada de intención hizo aquella pregunta, que más que cuestionar convencía de amarla. Y la amé. Por supuesto que la amé, desde aquel preciso momento. Era mi piel quién la reclamaba, tan corpóreamente que parecía desprenderse del resto de mi cuerpo para envolverla, mientras la música nos bamboleaba desfigurando todo lo que no fuera su rostro, y esa proximidad que me ardía en el pecho como infierno, y tempestad, y delirio. Ardíamos y entendí que ella también podría amarme. Y me amó, claro que me amó. En aquel preciso momento me amó.